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Reseña Simetria de Moebius PDF Imprimir E-mail

Por Ernesto Martelli

Para Rolling Stone Argentina

Resetear todo. Con ese infinitivo, que es pedido e imperativo a la vez, con esa jerga de computación y de estados mentales tan catupequense, así cierra "Batalla"; y la frase y la canción -que llegan desde el disco Cuadros dentro de cuadros (2002), ahora reversionadas con sonido actual para el cierre de Simetría de Moebius- parecen resumir el programa estético de fin de década de esta banda de Villa Luro. "Batalla", además, contiene otras dos claves para entender el presente de una de las bandas más originales del rock nacional de las últimas dos décadas: por un lado, la idea del campo de batalla, de la disputa entre bandos que atraviesa las letras de Fernando Ruiz Díaz (yo y vos, nosotros y ellos); por otro, la distancia musical que va desde la primera versión a ésta con Gillespi en trompeta, arreglos de cuerdas, una jam de seis minutos. Si antes colaban sus influencias en forma de cover (Beatles, Metrópolis, Massacre), ahora se revierten a ellos mismos. Resetear todo.

"Confusión" es otra contudente prueba del ambicioso proyecto que viene escribiendo Catupecu Machu: en ese tema, donde se espera una guitarra eléctrica filosa, lacerante, deciden poner un bajo virtuoso que, limpio, desvía las expectativas. El tema condensa también buena parte de lo que define a esta banda que eligió bautizarse sin significado, definirse sin verbos (cfr. los títulos de la mayoría de sus álbumes) y conjugarse casi siempre en puro presente (cfr. las letras de Fernando). Sin embargo es "Anacrusa", el tercer track, el que mejor expone conceptualmente este disco: palabras como "crescendo", "prefacio", "desmembrar" y "contratempo" se hilvanan para componer un fresco nocturno con clima de tablao y de flirt, y tejen una suerte de flamenco opresivo de guitarra española (que aquí no es lo mismo que criolla), el instrumento que eligieron para producir un disco sónicamente prensado, comprimido.

Así confirman que se desmarcaron de cualquier género (¿rock alternativo?) para hacer una música que amagó para aplanadora y eligió escaparse por otras aristas, otros laberintos, hasta comprobarse obsesionada por las configuraciones: la geométrica de las ondas musicales y la científica de las relaciones humanas. Y que hoy nos esconde la guitarra eléctrica peculiar de su líder hasta alterar por completo los planos habituales de su propia intensidad: deja limpia y adelante la voz de Ruiz Díaz, el bajo y los colchones de teclado de "Macabre" González (incluso el piano), y aleja y reprime, por convicción, la batería potente y seca de Javier Herrlein. Prueben "Víbora vientre" (tango y vals entre animales en celo) o el potente "Alter ego... Grito alud": la alternancia de superficies y planos se hace plan, estrategia compositiva y de edición, diseño de obra. El grupo que fue electrocución, electricidad y electrónica vive, una vez más, una transfusión de su sangre: en épocas de tendencias vampíricas, Fernando muerde la piel y bebe fuego sobre, apenas, un mantra de bajo y ruiditos caprichosos.

En sus letras, Ruiz Díaz es el más fiel sucesor de Cerati, pero sus canciones animales proyectan una especificidad: sus metáforas componen un ensayo fragmentado sobre la noche y refieren casi siempre a un juego de seducción, pero bien podrían hablarnos de la nueva configuración sensorial y comunicativa con su hermano Gaby; y también, acaso, de la escena de rock. Una suerte de conjuro del lenguaje contra el significado cerrado. La balada "Cosas de goces" (repitan: ba-la-da) transmite una épica de alta intensidad y se ofrece como la cima creativa de esta nueva dirección que encontró Catupecu. Las radios AM y las tiras del "prime time" se merecen algo más que a Montaner.

Quizá por el protagonismo de Macabre en el tándem compositivo, Depeche Mode se volvió otra influencia clave. Por si algo faltaba, Catupecu aquí se desembaraza de la idea convencional de trío de rock: los bajos tocados por Fer y el diseño sonoro retienen el protagonismo y son un homenaje merecidísimo a la influencia del propio Gabriel en el rumbo actual del grupo.

 
Una simetría imperfecta PDF Imprimir E-mail

La banda de rock argentino más original de la última década

vuelve a desorientar con un disco simétrico

Por Sebastián Ramos

De la redacción de La Nación

"La cinta de Moebius es algo casi perfecto -dice Fernando Ruiz Díaz sobre una de las dos obsesiones conceptuales en las que gira el nuevo álbum de Catupecu Machu que hoy llega a las disquerías-. Digo casi porque para ser perfecto tendría que ser algo puro, y no lo es porque es una cinta doblada." Buscando hacia adelante la continuación del camino que se había cortado en 2006 con el trágico accidente sufrido por uno de sus dos fundadores, Gabriel Ruiz Díaz, Catupecu Machu pegó la vuelta en una cinta de Moebius y otra vez volvió a empezar de cero.

En la génesis de Simetría de Moebius , el primer disco de canciones nuevas sin la participación activa de su hermano menor, Fernando Ruiz Díaz, se autoimpuso un encierro al aire libre: dos semanas solo, en el campo de un amigo ubicado en las afueras de Buenos Aires, entre instrumentos y versos anotados en mil y un papeles de distintas formas y tamaños. "No entendía bien por qué me iba -confiesa-, pero no estaba pudiendo escribir o escribía menos, había algo que todavía no me cerraba, como que quería entenderle el sentido a este disco."

"Confusión", del disco Simetría de Moebius

Allí, en soledad, compuso el tema insignia del álbum, que le dio el título y le imprimió a la obra la segunda obsesión: la simetría. "La grabación fue un sinfín de simetrías, era algo que se nos presentaba constantemente y llegamos a convencernos de que la vida está compuesta por simetrías; que uno a veces no les presta atención, pero que siempre están ahí. Este es un disco simétrico y por eso creo que es el disco más Gabi de todos."

Entonces, aquello que comenzó como una gran ausencia terminó con una presencia total. Hasta aquí, el álbum de la banda más influido por Gabriel Ruiz Díaz había sido Cuadros dentro de cuadros (2002), en el que el bajista decidió no tocar el bajo. Ahora, "el disco más Gabi de todos" tiene, por momentos, tres bajos sobregrabados, todos tocados por Fernando, el guitarrista que, en esta ocasión, casi no toca la guitarra. "Las canciones tienen esa experimentación de Cuadros ..., pero de manera inconsciente. Hay una frase que tiene este disco y que yo les decía a los chicos [entiéndase Macabre, Herrlein y Sebastián Cáceres, los hermanos elegidos por Ruiz Díaz para su viaje musical] que nos define bien: «Nosotros sabemos lo que hacemos pero no hacemos lo que sabemos». Entonces, al no saber lo que hacemos, llegamos a lugares donde nunca estuvimos. Ni volveremos a estar, porque nos aburrimos muy rápido. Siempre nos gustó complicarnos la historia."

Fernando Ruiz Díaz es una tromba incontrolable arriba y abajo del escenario. Un músico que asegura no tener límites, pero que a los 40 años aprendió a convivir con su tormenta interior. "La incertidumbre permanente te va llevando por unos laberintos sombríos -continúa-, porque el misterio es oscuro, el misterio da miedo. ¿Acaso hay un misterio dulce? El laberinto es sombrío, tiene paredes altas y está oscuro, hay sombras... Este disco tiene mucho de eso."

-Después del accidente de Gabriel, ¿cambió tu forma de acercarte a la oscuridad, al misterio, a la muerte?

-A mí me hubiera gustado que me pasara como en las películas, que sucede algo, una especie de revelación, y el protagonista entiende todo y cambia para siempre. Pero no me pasó. Es más, creo que si hubiera entendido todo y se me hubiera revelado qué es lo que pasó con Gabi y por qué, no estaría tocando más música. Yo sigo en la montaña rusa. Un mes después del accidente estábamos tocando en Obras y no me hubiera perdonado no haberlo hecho. No digo que sea lo más sano, pero bueno, el rock nunca fue sano... Porque lo de Gabi no pasó yendo al almacén. Siempre estamos que no podemos más, que no paramos, y cuando tenemos un fin de semana libre nos vamos a tocar aunque sea gratis a algún lugar. A Gabi un poco le pasó lo del accidente por toda la locura ésa, pero yo sé que en ese momento él estaba contento, escuchando Bloc Party, con su auto nuevo, y de ahí nos íbamos a una supergira. Ahora continuamos en el mismo camino. Hay mucha gente que me dice: "Qué bueno, cómo cambiaste", pero yo adentro sigo en la misma tormenta de siempre o peor. Lo que sí aprendí es a convivir con esa tormenta.

El complot universal

A lo largo de seis discos de estudio -el primero, editado en 1997-, Fernando Ruiz Díaz construyó un universo poético que lo ubica entre los más originales compositores del rock de acá de la última década, donde la física y la metafísica se cruzan con el existencialismo de barrio, el surrealismo onírico, la ciencia, los mantras y la arquitectura. "Básicamente escribo porque si no estaría pateando los árboles a ver qué cae, pero no sé bien cómo surgen las canciones. Todavía no sé qué quisimos decir con este disco, porque el viaje que me como cuando lo hacemos es muy etéreo, no lo puedo definir mucho. Lo único que alcanzo a comprender es que una composición siempre duele, ¿entendés?

-No...

-Duele realmente, es como tener un hijo, al padre no le duele, pero a la madre sí. En este caso, uno más que padre es la madre de las canciones.

El músico que sostiene con orgullo que nunca hizo psicoanálisis y que confiesa no haber leído mucho en su vida, asegura que sus influencias pasan por una cuestión de actitud. "Quizá [Luis Alberto] Spinetta, en cuanto a actitud, sea el tipo que más admiro, junto a Dalí, Borges o Martin Gore. Musicalmente por ahí no conozco tanto, pero su actitud ante la vida y la obra ya es una influencia para mí."

-¿Lo conociste personalmente?

-Sí, hace mucho me lo presentó un amigo. Y fue increíble, porque me dijo: "Catupecu Machu me hace acordar a Pescado Rabioso... pero no te lo digo por la música, sino por la energía para armar un complot universal para que explote todo". En ese momento no supe qué decirle, me quedé maravillado por sus palabras, pero no las entendí.

-¿Y ahora sí?

-Cuando terminamos de grabar este disco, después de cinco meses viviendo y haciendo música en el campo, lejos de todo y después de todo lo que nos había pasado, vi esa imagen: vi a cuatro amigos juntos, armando el complot universal para que todo explote.

Simetría, opuestos aliados. Todo lo que va vuelve, aunque transformado, y hoy, a catorce años de su formación, se puede afirmar que Catupecu Machu es algo casi perfecto.

 
Entrevista a Catupecu Machu PDF Imprimir E-mail

Escucha la entrevista que El Circo del Rock realizó a Catupecu Machu en abril de 2009.